Te veía desgastándote día tras día, recordando, mostrándome las fotografías junto a los pasteles de cumpleaños; dejando de vivir, sumergido en una tristeza que, a mis ojos te hacía cada vez más puro, más noble, más infinito, como quien atraviesa el infierno. Pensé que diciéndote que no era tu hija, dejarías de sufrir por su muerte. . . .

¡Qué indescifrables son ustedes los humanos!