No hay nada que decir.
Quedémonos callados.
Es más fácil vernos a los ojos claramente
cuando olvidamos las palabras correctas
para describir lo que pensamos.
Sí, las palabras en verdad pueden lastimarnos.
Pregúntale a Neil Hannon:
No hay nada que decir.
Quedémonos callados.
Es más fácil vernos a los ojos claramente
cuando olvidamos las palabras correctas
para describir lo que pensamos.
Sí, las palabras en verdad pueden lastimarnos.
Pregúntale a Neil Hannon:
Sentada a la orilla de la cama, con el cabello aún escurriendo, envuelta en la toalla húmeda ya. Tiene prisa, o por lo menos está consciente de que debería darse prisa, porque se le hace tarde para ir a trabajar. (more…)
No soy una mujer frágil. No soy blanca como la nieve, pequeña y débil, flotando como una hoja en el viento, esperando, sin saberlo, a ser rescatada. No soy graciosa y delicada, mucho menos abierta y juguetona. Tampoco soy sensual ni provocativa, no tengo sentido de la moda y no hay misterio que me rodee, ni la amargura o resentimiento que solo un corazón destrozado puede provocar; y solo soy divertida cuando se me conoce por un tiempo y se tiene un cierto gusto por el sarcasmo. Nunca tengo mucho de qué hablar y solo sé un poco de unas cuántas cosas, en su mayoría nada apto para iniciar conversaciones con desconocidos. No tengo gracia alguna para el baile, el canto, la costura o la cocina. No soy, pues, una figura romántica. Aún así....
Entenderás por qué no me sorprende.
te hubiese creido el discurso sobre dejar el pasado atrás y seguir adelante, si hubieras cerrado la puerta al marcharte.
¿Que por qué lloraba? Obviamente, porque acababa de matarte. ¿Que por qué lo hice? Porque tu me mataste primero…
Te veía desgastándote día tras día, recordando, mostrándome las fotografías junto a los pasteles de cumpleaños; dejando de vivir, sumergido en una tristeza que, a mis ojos te hacía cada vez más puro, más noble, más infinito, como quien atraviesa el infierno. Pensé que diciéndote que no era tu hija, dejarías de sufrir por su muerte. . . .
¡Qué indescifrables son ustedes los humanos!
... Y entonces llegué y le dije “Por eso nadie te quiere”.
Lo malo es que lo dije tan bajo que no me escuchó...
Estabas ahí ¡Qué grandiosa oportunidad, no había de desperdiciarla! Así que caminé de prisa… no, ¡Corrí! Corrí tomando vuelo para empujarte con todas mis fuerzas hacia el precipicio. ¡Ah, el fin de todos mis problemas se iba contigo al abismo profundo! ¡Qué caída! Si fumara, justo en este momento encendería un cigarrillo, pensando en cuánto tardará tu cuerpo en pudrirse tanto como tu espíritu…